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18 septiembre, 2013
Hace diez años no me creí nada de Youth & Young Manhood, el aclamado debut sureño de Kings of Leon. Es más, me parecieron unos auténticos gilipollas.
Fue a partir de Aha Shake Heartbreak, de su sonido, sus melodías pegadizas y de la personal voz de Caleb cuando empecé a barajar la posibilidad de estar ante una de esas bandas que, jugando bien sus bazas, podría ser eterna. Al  menos en mi univierso particular.
Desde entonces, cada disco de los KOL ha sido mejor que el anterior, algo impensable en el panorama actual, pero absolutamente imposible en la escena alternativa a la que pertenecen. Con aquel segundo juguete llegaron los crucifijos de Swarovski, se fueron las melenas, los garitos con los Strokes y la colonia. La llegada de la colonia fue algo muy importante en la vida de estos gañanes.
Después del segundo llegó el tercero, en el que aparecieron los gritos e, incluso, alguna comparación con los Pixies en un par de temas. Pero no, nada que ver. Aquí estamos hablando de un híbrido entre el mainstreamazo y el indie más radical.
Porque, vale, tienen himnos de estadio y llenan estadios, pero todos sabemos que a la gran mayoría no les dice nada.Y eso fue lo que las malas lenguas se empeñaron en resaltar del cuarto y del quinto: unos mojabragas llenaestadios. Lo que me pregunto es por qué no vienen nunca a ningún sitio como cabeza de cartel o a llenar el Calderón.
Mechanical Bull viene precedido del mejor single que han sacado en años, y la sorpresa del disco reside en su ambiente festivo y ligero, lleno de ecos ochenteros, buen rollo y, cómo no, dos o tres medios tiempos trotones tan del gusto de la familia.
Disco que se engrandece, no solo con las escuchas, también progresivamente, con temas y matices, voces y coros, a medida que avanza.
Parece que contra todo (mi) pronóstico, estamos ante los chicos con las cosas más claras de su generación (con la excepción de Arctic Monkeys, más respetados por crítica y público), no olvidemos la castaña infumable que Franz Ferdinand ha tardado cuatro años en crear.
Nuestra salvación particular está (otra vez) en el disco de los Followill y en sus inesperados retrohimnos (Rock City), juguetones estribillos (Temple), la épica del sur (Beatiful War, Comeback Story) y, en algunos casos, la perfección absoluta (Supersoaker)
No sé, me apetecía contártelo.

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