Lo monstruoso

Hay una escena de Godzilla (Godzilla, Gareth Edwards, 2014) que ejemplifica de manera asombrosa el verdadero miedo del hombre del siglo XXI, y no es ningún hongo provocado por una explosión ni tampoco sus consecuencias. Si mañana algún pirado decidiera acabar con la humanidad, probablemente nadie se enteraría. O al menos, no se enteraría desde el punto de vista de quien observa una gran explosión desde la lejanía con sus prismáticos. Si alguien decide poner punto final a la humanidad, es probable que decida soltar algún tipo de virus hijo de puta que nos reviente por dentro y de uno en uno. Rápido, limpio y silencioso. Si en cambio, el terrorista decide que sólo está interesado en aterrorizar a la gente y que lo vea todo dios, puede optar por el popular método de “avión y torre”, infalible mecanismo de horror para el pueblo. Pues la escena a la que me refiero, ya en el tercer acto de la película, es un primer plano de “la chica” (entrecomillado porque, por desgracia, no existe tal personaje) con lágrimas en la cara observando impotente la que se le viene encima. Mientras la cámara se centra en su cara, un leve gesto de su mirada corrige el plano y observamos, ella y nosotros, como un avión se estrella contra un rascacielos para, acto seguido, volver a corregir el plano y volver a centrarse en la expresión de la joven. Ah, también hay que recordar los desastres naturales, otra de nuestras mayores preocupaciones actuales (ver la recaudación de Lo Imposible), llámese tsunami o incidente nuclear. Pero eso son efecto de otro tipo de ataque.

Pues esa es la actitud que impone el joven director británico a su película de monstruos, razón de más para aplaudir su valentía. Pequeños gestos y delicadeza. Dice Edwards que sus referentes son Lucas, Spielberg y Tarantino, y si algo hay en Godzilla es mucho de dos de las mayores obras del barbudo que no tiene papada de los tres, y no sólo el apellido Brody de una familia marcada por el ataque de una criatura monstruosa. El director decide que no habrá criatura hasta el tercer acto, optando por sugerir antes que enseñar o, en otro gran alarde de maestría, mostrar las imágenes desde un televisor, casi siempre en el hogar de alguien más preocupado de un pariente que de lo que está pasando en realidad. Más miedo real y más miedo actual.

Puede que me equivoque, pero si hay que presentar en sociedad (y la mayor parte de la sociedad no lo conocía o no había visto ni una de sus películas japonesas) a una criatura como Godzilla, no se me ocurre una mejor manera de hacerlo.

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