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Garbageando

14 mayo, 2012

Si somos honestos deberíamos admitir que la discografía de Garbage, salvo algunos temazos incontestables, no ha envejecido demasiado bien. En pleno apogeo de la década más hortera después de los ochenta, los noventa, el cuarteto de Madison debutó con un disco homónimo que nos descubrió a un nuevo icono sexual, Shirley Manson, la pelirroja más cachonda del momento. Aquel disco tonteaba con el grunge y con la discoteca, con canciones para bailar y canciones para follar, pero te aseguro que si lo escuchas ahora el sonido deja mucho que desear. Queer, Only happy when it rains, Vow o Stupid girl quedan grabadas a fuego en nuestra memoria.

Tres años después, en 1998, la banda presentaba el aclamado Version2.0, un disco que tonteaba más con la electrónica, mejor producido, mejor grabado y ejecutado con precisión. Los hitazos eran superiores a los de su debut y volvían a dividir casi por la mitad su disco: mitad bien, mitad meh. Personalmente creo que se trata de su mejor trabajo y tanto lo petaron que en 1999 se encargaron de la canción original de El mundo nunca es suficiente, uno de los Bonds más tróspidos que se recuerdan. La canción no estaba mal, por cierto.

Con el nuevo milenio mejoraban la producción, el sonido y la presentación de sus discos, -inolvidable el formato “rosa desplegable” de Beautifulgarbage-, un disco que incluía uno de los temas más bonitos de su discografía, el retro cincuentas eléctrico Can’t Cry These Tears, que si no recuerdo mal ni siquiera fue single. En el disco había demasiada repetición de lo anterior y bien podría haberse titulado Version3.0 y no es su peor disco porque cuatro años más tarde llegaba Bleed like me, con el que endurecieron su sonido mientras se quedaban sin ideas. Tres temas destacables como mucho.

Garbage acaban de presentar Not you’re kind of people y nosotros, ingenuos, nos esperábamos lo peor, no en vano vivimos unos confusos tiempos musicales en los que los nombres de Radiohead, U2 o Smashing Pumpkins ya no son sinónimo de éxito ni calidad, probablemente lo más preocupante del asunto. Pues bien, sin nada que perder y agarrado a la mesita de té con las dos manos y temiendo lo peor, me acerqué a lo nuevo de la banda con la esperanza de que Butch Vig recuperara el vigor que sí supo devolver a Foo Fighters, que el año pasado presentaron el mejor disco de su carrera -y del año, para un servidor, junto al mayúsculo Portamento de The Drums-y, mira tú por dónde, lo ha conseguido. El arranque es classic garbage, con guitarras y sintes afiadísimos, Manson a tope con las melodías y la clásica batería electrónica marca de la casa. No se andan con tonterías y nos llevan de viaje a aquellos años horteras a toda potencia, con las melodías de aires ochenta majestuosas de Big bright world y los riffs poderosos y pesados de Blood for poppies, otro tema que nos resulta familiar: han recuperado la fórmula y la cosa suena tan comercial como personal, algo nada fácil de conseguir. Un tiempo muerto en el ecuador con un bonito tema que da título al disco y de ahí hasta el final una selección de canciones potentes y marchosas -que se toman otro descanso con Sugar- y que casi llegan al apogeo con Man on a wire si no fuera porque no se trata de la última canción del disco.

En resumen, que nadie esperaba por ellos y probablemente por eso la sorpresa ha sido mayor y mucho más agradable de lo esperado. ¿O acaso pensabas que en pleno 2012 no ibas a salir de casa sin un disco nuevo de Garbage en el iPod?

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26 abril, 2012

Al zamparme el anterior disco de los Jarman, el fantástico Ignore the Ignorant, desconocía la presencia de Johnny Marr a las guitarras pero apreciaba una sutil claridad en el sonido, más depurado que en otras ocasiones, y notaba un valor añadido que supieron exprimir a la perfección.

Mientras esta mañana saboreaba In the Belly of the Brazen Bull volvió a pasarme algo parecido. Y es que en sus primeros compases desperté en medio de los noventa, con un riff inicial que me situó entre In Utero y Pinkerton para dar paso a una melodía habitual en el combo Jarman, solo que con ese aire de volumen que jode los altavoces de casa tan de finales de los noventa. Como si Steve Albini hubiese tomado los mandos de la grabación. Y, coño, me pongo a mirar por la red y resulta que sí, que el tío que puso esos micrófonos locos a las baterías de Nirvana es uno de  los dos responsables del sonido de este disco. El otro es Dave Fridman, un habitual de los grandes Thursday o The Flaming Lips.

El sonido de The Cribs en sus orígenes los colocaban en el retro lofi de Pavement o Dinaosaur Jr, algo que trataron de evitar Alex Kapranos al producirles Men’s needs, women’s needs, whatever y Johnny Marr en el anterior disco, que no su productor, Nick Launay. Probablemente ahí surgieron las fisuras entre un tipo que casi inventó el britpop y unos zagales que querían sonar como Evan Dando.

Así que la buena noticia es que The Cribs regresan a sus orígenes al recuperar el formato trío y un sonido americano bastante más embrutecido, y la mala que el disco adolece de un exceso de canciones -y eso que hay cuatro bonus tracks dependiendo de la edición- y se resiente en su tramo final, donde parece que los hermanos se dejan llevar por el desvarío y ofrecen unos temas algo más destartalados y descompensados, con Stalagmites a la cabeza, que es lo que un servidor entiende por Albini MAL pero que no molesta porque, en el fondo, los chicos saben que lo más importante es una buena melodía, como en la muy wezeeriana Pure O, que parece salida del disco rojo de los californianos.

Cualquiera de los dos singles de adelanto -Come on, be a no-one y sobre todo Chi-Town- marcan la dirección por la que vuelan The Cribs en su nuevo disco, olvidándose del single fantasma que fue Housewife y que amenazaba con enkillersarlos en demasía. Mejor así.


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