Pelazos de padrazo

11 marzo, 2014

Una de las cosas más chulas de TBS es su lugar de origen y formación: Amityville. Hace ya década y media que Eddie Reyes fundó el combo, que se presentaba en sociedad con el recientemente unplugeado Tell All Yor Friends. Cómo cambian los tiempos, ahora hacen canciones para que sus pequeños hijos tengan escuchas más agradables en el futuro.

Aquellos días de emo se terminaron, más o menos, cuando partieron la pana con Louder Now, el mainstrenazo que sirvió para que algunos (yo) se subieran al carro y para que otros, los oscuros con tendencias suicidas, se bajasen. Después de varias guerras internas, de idas y venidas y de un par de discos notables, TBS regresó a la formación original con el disco homónimo de 2011

Como la cosa salió bien (de hecho, es uno de sus mejores trabajos), después tocó presentar el aniversario del debut y volver a la independencia para estrenar Happiness Is, un disco, digamos, complicadillo.

El nuevo disco arranca con una intro de esas que no aportan más que (poco) minutaje a un disco, pero luego despega hasta el infinito TBS con sus dos temas adelantados, Flicker, Fade y Stood a chance, dos cañonazos marca de la casa. Que después llegue una canción como All the way, un medio tiempo más bien lento, no resultaría especialmente alarmante (ya lo hacían habitualmente y a veces con extraordinarios resultados, como Call me in the morning) si no fuera porque, a partir de ese corte, las canciones rápidas y poderosas se alternarán de manera automática con otras, digamos, menos vitalistas. Aún queda por llegar uno de los pelotazos más poderosos del disco, como es Beat up car, un makedamnsure de manual y otro temazo para su inmaculado repertorio.

Pero luego la banda se empeña en aburrirnos con It takes more, más de cinco minutos de tedio descafeinado, imagino que el precio que debemos pagar para llegar a la otra joya del disco, They don’t have any friends, la clásica canción infalible que nos enganchó hace tiempo a su causa. Depués, poco que destacar más allá de Better Homes And Gardens, canción tan bonita como empalagosa.

Es una pena que no hayan cuidado un poco más la selección de temas para el disco con la portada más bonita que han parido.

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En la sencillez está la diversión

25 febrero, 2014

Desde que hace un par de meses anunciaran que la primera semana de marzo tendríamos nuevo disco, los fans de WAS (estoy seguro que hay muchos; tiene que haber muchos), esperaban con ansiedad que no se repitiera lo de Barbara. Aquel no era un mal disco, pero quizá una reordenación de temas le hubiera sentado bien a un disco muy descompensado.

Parece que los chicos  han aprendido de sus errores y no solo presentan un disco mucho más homogéneo, sino que brindan su trabajo más pulido desde su debut maestro, With love and squalor (Safety, fun and learning no cuenta)

Brain Thrust Mastery no estaba nada mal, pero quisieron abarcar tanto en ese disco, desde el pop más clásico al más discotequero, que daba la sensación de pertenecer a una banda sin rumbo claro. Luego vino Barbara, que tenía una cara A brillante y una cara B para el olvido, así que la ansiedad y las dudas se mantenían hasta la salida de Tv en français. Mientras esperábamos, los científicos nos devolvieron la confianza con una serie de singles y eps con muy buenas canciones, incluída una versión de la popular balada de Top Gun, así que todo pintaba fenomenal.

La escucha de Tv en français es sorprendentemente ligera, sin duda estamos ante su disco más agradable, más fácil  y menos sobreproducido. What you do best, el tema(zo) que abre el disco, recuerda al resto de su generación que no hay muchas bandas de su época tan capaces de redondear un hit.

El resto del disco aguanta el tipo de su gran presentación a base de temas escalofriantemente sencillos y redondos, y uno de mis mayores temores, el conocer casi la mitad del disco, no supone ningún problema: hay sufucientes hits como para subirlo a su pódium particular y colocarlo justo por debajo del trabajo que nos abrió las orejas diez años atrás.

Espero que nunca dejen de grabar estas paridas.

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Una de acción (o no?)

16 diciembre, 2013

Ay, el cine de bajo presupuesto y/o casero español y los dolores de cabeza. Ahora que todo el mundo parece empeñado en rodar películas, también parece que todos, incluso los que apenas sobrepasan la mayoría de edad, son unos vejestorios italianos o franceses empeñados en reflejar la belleza a través de interminables planos artísticos que, en el fondo, no valen una puta mierda.

Por eso yo prefiero mantenerme al margen, sobre todo como espectador, y tirarme de cabeza a cosas hechas con pasión y conocimento de la causa, como pueda ser la última de Cavestany o la primera de Daniel Aguirre Lainez.

Además de producir, escribir y protagonizar la película, Aguirre se deja acompañar por Sergio Cortina, protagonista del desternillante y multipremiado cortometraje El ultimo onvre bibo y un robaescenas nato que proporciona la química necesaria entre dos colegas metidos en una operación que probablemente sobrepasa sus capacidades.

Con mucha guasa y mucho arte, Investigación Policial vive en un adosado de lujo entre el bajón de Jody Hill y el absurdo de Cavestany, una mezcla de referentes tan inesperada como jodidamente necesaria en nuestro cine, donde parece que los artífices del fenómeno lowcost olvidaron el sentido del humor en la escuela de cine.

Desde la secuencia inicial, que nos recuerda la importancia de un buen discurso sobre lo cotidiano (como ya pasara en la recordada secuencia inicial de Reservoir Dogs), y la sencillez de un proyecto de estas características (rodaje de casi un año y a lo guerrilla), la trama va añadiendo capas de trascendencia y pochez (salvando las distancias, algo parecido a lo que juega Edgar Wright en su última película) hasta anudarte las entrañas.

Afortunadamente, la historia es una comedia costumbrista-policial, un thriller de andar por casa y, sobre todo, una comedia hilarante que juega con el espectador hasta llegar a un multiclímax que se mete en el apreciado terreno del metalenguaje. Vamos, un no parar.

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6 de 6

18 septiembre, 2013
Hace diez años no me creí nada de Youth & Young Manhood, el aclamado debut sureño de Kings of Leon. Es más, me parecieron unos auténticos gilipollas.
Fue a partir de Aha Shake Heartbreak, de su sonido, sus melodías pegadizas y de la personal voz de Caleb cuando empecé a barajar la posibilidad de estar ante una de esas bandas que, jugando bien sus bazas, podría ser eterna. Al  menos en mi univierso particular.
Desde entonces, cada disco de los KOL ha sido mejor que el anterior, algo impensable en el panorama actual, pero absolutamente imposible en la escena alternativa a la que pertenecen. Con aquel segundo juguete llegaron los crucifijos de Swarovski, se fueron las melenas, los garitos con los Strokes y la colonia. La llegada de la colonia fue algo muy importante en la vida de estos gañanes.
Después del segundo llegó el tercero, en el que aparecieron los gritos e, incluso, alguna comparación con los Pixies en un par de temas. Pero no, nada que ver. Aquí estamos hablando de un híbrido entre el mainstreamazo y el indie más radical.
Porque, vale, tienen himnos de estadio y llenan estadios, pero todos sabemos que a la gran mayoría no les dice nada.Y eso fue lo que las malas lenguas se empeñaron en resaltar del cuarto y del quinto: unos mojabragas llenaestadios. Lo que me pregunto es por qué no vienen nunca a ningún sitio como cabeza de cartel o a llenar el Calderón.
Mechanical Bull viene precedido del mejor single que han sacado en años, y la sorpresa del disco reside en su ambiente festivo y ligero, lleno de ecos ochenteros, buen rollo y, cómo no, dos o tres medios tiempos trotones tan del gusto de la familia.
Disco que se engrandece, no solo con las escuchas, también progresivamente, con temas y matices, voces y coros, a medida que avanza.
Parece que contra todo (mi) pronóstico, estamos ante los chicos con las cosas más claras de su generación (con la excepción de Arctic Monkeys, más respetados por crítica y público), no olvidemos la castaña infumable que Franz Ferdinand ha tardado cuatro años en crear.
Nuestra salvación particular está (otra vez) en el disco de los Followill y en sus inesperados retrohimnos (Rock City), juguetones estribillos (Temple), la épica del sur (Beatiful War, Comeback Story) y, en algunos casos, la perfección absoluta (Supersoaker)
No sé, me apetecía contártelo.

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Lejos y cerca

4 abril, 2013

Voy a ser muy claro: los dos primeros discos de Suede no me gustan. No solo es que no me gusten, es que me caen jodidamente mal.

A principios de los noventa no pasé por el aro del glam de la nueva ola y solo me sacabas de mis Housemartins o de Doctor Explosion para flipar un poco con U2 o con Nirvana, pero no con el puñetero Dog Man Star.

Eso sería hasta pasado el ecuador de la década, momento en el que los de Brett Anderson publican Coming Up, una puñetera obra maestra donde no había ni un solo tema de relleno. De Trash a Saturday Night desfilaban, uno tras otro, hits construidos con bases macarras, sintes y melodías jueguetonas y divertidas que brillaban con el tono Anderson tocando techo.

Depués de eso, un disco lleno de músicas para anuncios de Cortefiel (Head Music) que no estaba del todo mal pero que terminaba empachando, y otro que ninguno recordamos demasiado.

Y de eso hace más de diez años, tiempo en el que Anderson ha editado un puñado  de discos en solitario de los que nunca quisimos saber demasiado, al igual que Bernard Butler, tío alque guardo en simpatía por haber colaborado con buenas gentes como The Libertines o The Cribs.

Pues este año, Suede ha vuelto a la alineación de Coming Up para volver a colocar un disco en las estanterías de las tiendas (The best of no cuenta), pero Bloodsports es algo más que un sacacuartos. O no es solo eso.

El disco devuelve a los británicos al sonido que nunca debieron abandonar, a los hits pegadizos y con pegada, (los seis primeros temas son seis misiles) y a la melodía más elemental. Temas como Barriers, Hit me o el impecable single It Starts And Ends With You parecen recién salidos de la máquina del tiempo.

Es cierto que los dos últimos cortes fallan por lentos, pero What Are You Not Telling Me? guarda un estribillo tan hermoso que vale por un tema entero. La mayor pega es que hayan elegido Faultlines para cerrarlo, el tema más flojo y desganado del disco.

Con un poco de trampa, manteniendo el mismo número de canciones, pero cambiando el orden de las dos o tres últimas, el sabor de boca sería mucho mejor.

Y eso que estamos hablando del mejor disco de Suede desde Coming Up y uno de los pocos trabajos de alguna banda de los noventa que hoy pueda trasladarnos a su época solamente con la música.

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Ecos

25 marzo, 2013
Hace tiempo que Lori Meyers ha renunciado a ser la banda de retropop y voces angelicales que apuntaban en su segundo y tercer disco.
Es una pena, porque lo que mejor hacen los granadinos son cosas como la canción que da nombre al disco.
Los chicos confían de nuevo en Sebastian Krys, pero también en Ricky Falkner, imagino que responsable de prohibir los acordeones del anterior disco.
En su momento ya asimilamos que Noni nunca iba a cantar bien, así que por ahí tampoco hay demasiadas sorpresas. Tampoco en las letras, muchas de ellas tan feas como de costumbre, con algunas rimas metidas con el calzador de un pie chico, algo que tampoco termina afectando a las canciones, porque siempre se guardan en la manga algún arreglo o unas voces  que mejoran el conjunto.
Impronta es un disco superior a Cuando el destino nos alcance, qué duda cabe, pero también es un disco que no incluye ningún temazo instantáneo a la altura de Mi realidad, Corazón elocuente o ¿Aha han vuelto?, aunque es justo reconocer que tampoco hay ningún tema tan horrendo y ridículo como Enhorabuena eres el que tiene más, terrible cierre para su trabajo anterior.
Lo que hay en Impronta son buenas canciones, algunas más o menos inmediatas, como Zen o Impronta, las únicas que aún guardan ese aire a lo pop de Juan y Junior, y otras, como Emborracharme, que ocupan el lugar (más o menos) de Alta fidelidad.
La escucha, en su conjunto, resulta agradable, pero siempre con la sensación de que no han terminado de elegir una dirección concreta. Impronta no molesta ni irrita, y eso ya es algo.
¿Será que su obra maestra está por llegar y a mi no me apetece un pijo reseñar este disco?
Impro

Eclectic Warriors

21 marzo, 2013

Justo dos años después del gélido Angles, The Strokes, a la chita callando, graban Comedown Machine y lo regalan a una semana de su lanzamiento mundial.

Lo mejor que se puede decir de su nuevo disco es que no es peor que el anterior, noticia suficientemente buena en estos malos tiempos para las bandas de los dosmiles. Con Franz Ferdinand en el limbo, Arctic Monkeys haciendo música de viejos aburridos  y The Killers dando una brasa mormona de tres pares de cojones, el conjunto liderado por Julian Casablancas era la última esperanza. Y hace dos años casi se esfuman.

Comedown Machine devuelve el pulso a la banda (o sea, que están vivos), y lo más agradecido del disco es el sonido, otra vez grabado como si en lugar de micrófonos utilizasen vasos de yogur, pero sin el raca-raca ratonero de sus dos obras maestras iniciales.

Tap Out suena como Machu Picchu 2 mezclado con la melodía del Conga, conga de Gloria Estefan, así que los Strokes de hoy están instalados en un casposo disco pub durante la transición española y no parece que vayan a moverse.

All the time y One way trigger, los dos avances previos al lanzamiento, son dos caras de la misma moneda: el montoneo de antaño y la esquizofrenia retro en la que se han quedado a vivir. Sigo pensando que el famoso (y repudiado) single del falsete es una gozada.

Para demostrar que pueden seguir haciéndonos moderadamente felices se cascan un puente juguetón marca de la casa en Welcome to Japan, uno de los temas más significativos del disco. Ese universo discotequero y artificial es su nuevo hogar y se sienten cómodos en ese terreno.

Como toda noche de juerga tiene su bajona, 80′s Comedown Machine es su asimilación. Es uno de los temas que mejor encajan con la filosofía musical de los trabajos de Albert Hammond Jr en solitario y una balada bien bonita que justifica, por su esencia, ser el tema más largo del disco.

El único tema que me molesta del Comedown Machine es 50/50, curiosamente el tema con el que pretenden demostrar que todavía pueden enrabietarse y que termina siendo tan cansino y molesto como el Brick by brick de los Arctic Monkeys. Me creo más a los Strokes de Slow Animals, tema que hace justicia al título pero que tiene un estribillo eficaz y competetetetente.

Partners in Crime es un ejercicio de estilo de la banda de manual: aceleración, melodía y voz juguetona recuerdan, aunque menos que más, claro, a los tiempos de Last Night.

El tramo final del disco se queda casi sin fuerzas, con ese Chances que suena a película de Sofia Coppola y donde Casablancas intenta llegar a ese superfalsete que nunca llega, es un tema(zo) tranquilito donde pasan la prueba de sus nuevas intenciones: me convencen a la primera. Suena a vieja horterada con clase. Y me gusta.

Happy Ending no hace justicia al título, es otro tema de puro relleno sin demasiada gracia ni chispa, un genérico de los nuevos Strokes que lo mismo está aquí como podría haber rellenado Angles.

Call It Fate Call It Karma, sin llegar a ser tan bonica como I’ll try anything once, es música de ascensor de esas que clavan como nadie.

Comedown Machine  no va a cambiarnos la vida, pero se deja querer. Por lo menos a la segunda escucha. Y es el segundo disco seguido de los Strokes que aparece por mi cumpleaños.

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En un país multicolor

8 marzo, 2013

La semana pasada (o hace dos, no lo recuerdo), Tommy Wirkola estrenó en nuestras pantallas su cachonda versión del cuento de Hansel & Gretel, producida por dos astros del humor contemporáneo como son Will Ferrell y Adam McKay, y con una insultante cantidad de sangre, frases célebres, risas y violencia… de género. De género y de género, no olvidemos que durante noventa minutos los dos huérfanos hostian sin contemplaciones a todas las brujas que se encuentran.

La película de Wirkola recogía el testigo de Van Helsing, el imposible intento del director de la maravillosa G.I.Joe por modernizar al mítico cazador de vampiros, pero con un centrifugado a velocidad absurda. Y esas revoluciones, al cuento le han sentado de fábula.

H&G huía de los colores chillones con los que Burton mató sus adaptaciones de Dahl y Carroll, aunque tampoco hubiera tenido ningún sentido en una propuesta que juega a ser oscura, comiquera adulta.

Ahora llega el turno de retomar un icono como El Mago de Oz, la impepinable obra de Victor Fleming de 1939, que ya tuvo una secuela “oscura” a mediados de los ochenta, dirigida por Walter Murch  (¡¡y con diecinueve guionistas acreditados!!), cuando Disney se volcó en producciones memorables que no contaron con el apoyo del público (El dragón del lago de fuego, El abismo negro) ni de la crítica.

En las antípodas de ese tono negruzco, Sam Raimi se mete de lleno en el mundo de las maravillas y, tras un primer acto francamente hermoso, la película aterriza a todo color, perdiendo de forma automática el encanto de la apertura. A partir de ahí, lo de siempre: plantas gigantes, ropa chillona, enanos bailongos, monos voladores y muñecas de porcelana.

No sé si durante el rodaje hubo que retocar diálogos y desarrollo, porque el nivel del guión que firman a cuatro manos, atención, Mitchell Kapner (Romeo debe morir, Inmersión letal 2) y David Lindsay-Abaire (El origen de los guardianes, Corazón de tinta), es un estofado de difícil digestión. Cuando las bromas de James Franco (James Franco) tienen un picantón doble sentido, choca al tratarse de una producción familiar (Disney), pero por momentos uno llega a disfrutar del desenfado y el fuera complejos. Es una lástima que acto seguido, según la situación, se muestre profundamente acomplejada, sobre todo por parte de un elenco que tiene cara de no saber dónde se han metido ni hacia dónde demonios se dirigen.

Los efectos especiales, básicamente todo lo que rodea a los actores, son tan espectaculares como repetitivos, sin ofrecer nada que no hayamos visto antes en Charlie y la fábrica de chocolate o Alicia en el país de las Maravillas, quedándose corta a la altura de películas más recientes y con mejor factura, como La vida de Pi.

Es imposible no sentir un cosquilleo al ver a la bruja mala planear sobre su escoba, gritando como una psicópata, enverdecida y enardecida, pero tampoco es posible disfrutar de sus trastadas, porque básicamente, se limita a disparar rayos láser.

Oz, un mundo de fantasía, podría haber sido una mejor película si al menos se hubieran molestado en inventar un nuevo mundo y no ha reciclar decorados, ropas y salvapantallas de productos similares.

OZ

Ambiciones

31 enero, 2013

Mi relación con Biffy Clyro empezó más bien tarde, con el single Saturday Superhouse de Puzzle, un disco que marcó el punto de no retorno respecto a su trilogía inicial, formada por Blackened Sky, The vertigo of bliss e Infinity Land.

La situación personal de Simon Neil pasaba por momentos difíciles debido al fallecimiento de su madre, con quien mantenía una relación cercana, y la banda se centró más en la oscuridad y la sobreproducción lujosa, dejando de lado, aunque no del todo, el toque experimental que tanto les gusta.

Después llegaría Only Revolutions, su disco más vendido hasta la fecha y probablemente el más comercial. Puede que debido a ello, el combo haya decidido embarcarse en la aventura del disco doble. 

Opposites tiene truco. La discográfica ha obligado al trío a publicar, a la vez que su disco doble, una edición “sencilla” con catorce temas. Escuchando esa edición, y sin tratarse ni mucho menos de un trabajo conceptual, algo se pierde por el camino. Los temas elegidos para el disco sencillo se dejan fuera alguno de los mayores aciertos de la banda, como Accident without emergency, el mejor tema de la banda para este año 2013.

La mayor virtud de la banda reside en su virtuosismo a la hora de retorcer los compases, los tiempos y los ritmos de sus composiciones, y aquí hay para regalar: las gaitas de Stingin’ Belle, los sintetizadores de Different People o los toques ambientales temáticos de cada disco, junto a las trompetas de Spanish Radio y los equilibrios locos de Trumpet or trap, no desentonan de esa sección rítmica tan especial, formada por los gemelos Johnston, mente colmena del ritmo y el verdadero arma de destrucción masiva de Biffy Clyro.

Mi recomendación es que degustes el disco doble, que lo escuches con calma, con paciencia, un par de veces. Sus ochenta minutos de stoner de stadio (chiste) son frescos y resistentes al tiempo. Notable alto, alto.

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Esclavo del amor

19 enero, 2013

Desde los tiempos de Reservoir Dogs (1992), Quentin Tarantino siempre ha presentado películas cargadas de personajes de los que conocíamos hasta el más mínimo detalle. Que si los malotes de su debut dejaban o no dejaban propina, que si el padre de Bruce Willis llevaba un reloj en el ojete durante la guerra o que si la regularidad intestinal de Travolta.

El guionista y director siempre se ha cuidado de crear una mitología de sus personajes llena de matices, y por eso sorprende que en Django desencadenado (2012), haya menos personajes de lo habitual y que, además, tampoco haya una clara biografía de ninguno. Por eso (y por muchas otras cosas, claro) su western macarra me parece la película más ligera de su filmografía.

Pero la ligereza argumental y en el desarrollo de la película chocan frontalmente con una duración tan salvaje como la de sus tiroteos: tres horas de película de vaqueros son muchas horas, te llames Tarantino, Eastwood, Costner o Kasdan.

Soy de la opinión de que Tarantino ha sabido superar su obra precedente con cada nueva película, pero también soy consciente de la imposibilidad de perpetuar esa facilidad para fascinarnos hasta el infinito, y si en Django no hay ningún bajón de ritmo ni momento para la desconexión, sí se aprecia un pequeño agotamiento en esa fórmula tarantinesca que consiste en colocar en una habitación a un grupo de personas muy intensas con un montón de secretos que pueden costarles la vida.

Tampoco me gusta demasiado que Django sea el primer superhéroe del cine de Tarantino, porque se pierde esa tensión del no saber qué pasará con el héroe cada vez que se encuentra en un apuro.

Pero a pesar de todas esas pequeñas mierdecitas personales, Django desencadenado es una nueva muestra del genio de un director sobrado de talento, que sabe cómo entretener al personal y que sigue dando rienda suelta a su cinefilia vomitando referencias y homenajes para redondear sus obras personales.

Vamos, que muy bien.

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